VII. París is in Germany

November 15, 2007

La ciudad a la que no puedes volver es el viaje al lugar que no podías imaginar

Kotrep Berensky

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VI. París no se acaba nunca

November 15, 2007

 Soñaba. Tenía algo que ver con invertir en una mazorca de maíz que no se podía comer. No entendía cual era su utilidad pero todos me animaban a que participar. “Pero… es absurdo” decía yo en el sueño, sosteniendo una mazorca verde y amarilla. Intentaba morderla pero era muy dura. Jamás diente alguno podría penetrarla, jamás una mano podría partirla.  Entonces sonó la alarma. Los personajes del sueño cambiaron sus expresiones jubilosas por gestos de terrible horror. Me miraron suplicantes, como pidiéndome que no me despertara, que no se disipara el sueño y ellos murieran. Dejé caer la mazorca inservible y abrí un ojo.

Habían pasado dos horas y el instinto de supervivencia nos llamaba. Rune y Helarte se habían hecho un ovillo en sus respectivas camas y remoloneaban. Maldijeron a sus respectivas divinidades (el primero al panteón egipcio y el segundo al nórdico). No recuerdo muy bien si vomitaron o empezaron a arrancarse los brazos, quizás no fue ninguna de las dos. Iria y Pan llegaron corriendo diez segundos después del despertar para asegurarse de que lo habíamos acatado. “Tranquilos” logré gruñir con la garganta aún agrietada “yo me encargo de levantarlos”. Se fueron calmados y engañados. Me levanté pesadamente e ignoré a mis compañeros. Recogí mis cosas apesadumbrado, molesto por tener que hacer la maleta que no se había preparado a sí misma por la noche. Intenté peinarme, intenté ponerme una camiseta limpia. Fracasé. Por el suelo, arrastrándose como una víbora, se acercó sibilino y se aferró a mis piernas el frío helado de la mañana parisina. “Mierda” exclamé poco antes de estornudar diez veces seguidas. Rune y Helarte volvieron a gemir: mi ruido no les dejaba dormir.

Les ignoré y miré mi reloj: quedaban diez minutos para que pasara el primer metro de la madrugada a las 4 50. Este llegaría a las 5 10 a la Avenue de No Se Qué o algo parecido, una especie de río de asfalto donde coches como salmones saltaban unos sobre otros en una chirriante orgía de aluminio y acero. El autobús salía a las 5 en punto. Quizás notéis la pequeña discrepancia en los horarios pero nosotros preferimos ignorarla para ser felices. Concluí el rastreo de la habitación: no me dejaba nada excepto a esos dos patanes enterrados bajo las mantas.

“¡Despertad malditos!” grité con violencia, despertando al resto del albergue. Rune y Helarte se levantaron de mal humor, no se si escupiéndose o metiéndose los dedos en los ojos, tampoco recuerdo ese detalle. Vieron la hora y el tiempo que se les echaba encima. No movieron un músculo. Con extrema lentitud empezaron a moverse. Parecían árboles que intentaban caminar. Pan llegó corriendo y muy apresuradamente nos informó del poco tiempo que quedaba. Les dirigió una mirada de reproche porque aún estaban en pijama y se habían puesto a cantar “My old lady” en lugar de prepararse. Ahí los dejé y bajé a por un café.

Mientras esperaba a que bajaran y saboreaba el café aguado cortesía de la máquina miré por la ventana, paseando la vista por la calle. Todo era gris, monótono, mudo. Aquel había sido París: una derrota tras otra, un fín sin comienzo, una escalera que no lleva a ninguna parte. Aquella era la ciudad de los artistas, el núcleo de la historia europea durante siglos. Lo habían correteado personalidades como Hemingway, Hitler, Ezra Pound, Henry Miller, Cortázar… Mi amiga M. vivió allí, mi amigo Jalik quedó prendado por él. Los prusianos lo bombardearon y el fuego lo devoró en un abrazo demasiado apasionado. Yo llegué a él con la intención de contaminarlo como un virus minúsculo, o bien para dejar que me invadiera con su enfermedad mística. Y resultó que París era aquella calle vacía, aquel café aguado, aquella madrugada fría y solitaria. Estoy aquí, tan lejos de ti en el espacio y en el tiempo, en este bucle erroneo de la geografía humana. Ahora soy otra mota de polvo, ahora estoy en el antes y todavía pienso en ti. París no sirve, París no ha hecho nada.

Bajaron los demás. Dejé el vaso a medias, tome la maleta, empezamos a correr. Descendimos mudos al abismo del metro, pateando los bultos por los escalones del metro. Saltamos dentro del vagón, miramos al vacío pensando en qué lágrimas podríamos dejar caer en esa despedida. Caímos en el andén, sudamos al correr calle arriba, al cruzar aquel semáforo en rojo. Detuvimos el autobús con nuestras manos implorantes, subimos ansiosos, lo logramos.

París se iba perdiendo en la lejanía, París se volvía una mancha en la retina y en la memoria. ¿Qué he hecho aquí? ¿A que he venido? Y sobretodo, ¿qué he encontrado? Estas preguntas se agolpaban en mi mente, me arañaban el corazón y me angustiaban. Quizás debería haber tenido claro en busca de qué iba. Fui a cazar lo invisible y lo llevaba en mis manos, ahí lo tenía: nada. Algo intangible, algo inmaterial. Un dolor en el alma, una punzada constante, un insulto mugiéndote en el oído. París no está lejos de ti, ningún sitio lo está. No eres la chica que vive y respira físicamente en esa casa, que trabaja en esa tienda, que anda con esa gabardina beige. Eres mi cáncer, mi industria tóxica en el río, mi mancha de petróleo en la orilla, mi chispa de fuego en la biblioteca. Estas dentro de mí y mientras lo estés nada más puede entrar, ni siquiera París, ciudad donde todo termina pero nada empieza.

Miro por la ventanilla del avión. Estoy solo. Al otro lado, flotando a miles de metros de altura está mi reflejo. Entre sus ojos y los míos está el mundo entero.

“¿Qué te ha parecido París?” me pregunta él.

¿Qué “qué me ha parecido” esa ciudad? ¿Ese lugar helado como la soledad, hundido como una cueva en la Antártica, despoblado de vida y lleno de bacterias humanas, gastado y aplastado por su propio nombre, trampa letal de tristezas y agobios? ¿Ese cúmulo de cielos plomizos y de charcos fangosos, esa sensación de nostalgia infinita, de melancolía tras cada esquina, a derrota y a pérdida?

“Me encanta: tengo que volver.”

Hechizado cierro los ojos, sonrío, me duermo, veo un París que no tiene fin, que no tiene horizonte ni siquiera en un paisaje onírico. “Bienvenido a casa” me recibe un eco. Soñaba.

Como todas las mañanas deprimentes, me desperté llorando y Helarte riendo. Sonó una alarma con la voz de Adolf Hitler, el padre que todos quisimos tener y la mujer que nunca podremos amar. Rune y el otro impresentable bailaban en sus camas, haciendo que la litera y el suelo temblasen presa de su frenesí. Me costó empezar a sonreír, me dolía la vida.Aceptamos lo que los franceses consideraban “desayuno” escudándose en el concepto de “gratuito” de aquel albergue africano. Recordándolo ahora no se como pude contener el impulso de quemar vivas a las recepcionistas. Tras comer y vomitar varias veces nos preparamos para cumplir nuestro plan: teníamos sólo un día y mucho que descartar.

Atravesamos los Champes Elysees, aquellos de los que hablan tantas canciones, películas, libros y discursos. Llegando a ellos sentíamos la vibración de lo histórico a la vuelta de la esquina, los miles de besos cantados en ese paraje recordado en tantos rincones diversos del planeta. Me temblaban las manos imaginando aquellos versos tu alma despojada/acongojada en los Campos/como una bandera en un día sin viento.

Luego llegamos a los “míticos” campos y resultaron ser una puta avenida. No había infinitos, no había almas, no había historia. La Diagonal de Barcelona es más infinita, lleva a más sitios y ha vivido más besos. Sólo había pegajosas amas de casa arrastrando a un paseo mortal a sus hijos que exigían el calor del hogar y la seguridad de una manta. Algunos hombres corrían con sus maletines y chocaban entre ellos, con las farolas, con los árboles, y cambiaban de dirección aleatoriamente. Unas pocas parejas caminaban, daban tres pasos, se detenían, se miraban, se besaban, proseguían. Como autómatas en los Campos Elíseos…

Fustigados los Campos, alcanzamos el Louvre. Aplaudimos el obelisco que guarda la entrada mientras Helarte confirmaba que todas las eslavas estaban enamoradas de él. Rune no dudo darle la razón apartándose para irse a comer un gofre o a una persona. Yo me escondí en una librería donde todos los libros eran muy caros y además estaban en francés. Me reencontré a la salida con Pan e Iria. De los otros dos no había rastro hasta que oímos sus voces provenientes del estanque. Se habían convertido milagrosamente en patos y se divertían persiguiéndose uno a otro. Los sacamos de ahí y paseamos por los jardines empantanados por el barro, charcos de mugre y oleadas de hojas muertas. Un continuo ballet de abrigos y gabardinas revoloteaban alrededor bajo la fría luz del cielo plomizo.

“Que hermoso y romántico” graznó Helarte.

“Pero que dices, estúpido plumífero” le espeté, estrujándole el pescuezo. “Míralo bien: es un sitio enfermo, febril para siempre.”

“¡No!” chilló él, fanáticamente convencido. “Es precioso: aquí traería a mi musa para confesar que la amo.”

“No…” murmuré yo, aflojando la presa, igualmente convencido de mis pensamientos “Este es un sitio de finales aciagos. Aquí han terminado muchas cosas y ninguna habrá empezado. Todo París tiene ese olor, a final incompleto, insatisfecho. A lágrima sin derramar, a almas sin viento.”

Detrás del Louvre (muy bonito por fuera, seguramente un multicine por dentro) nos lanzamos a las aceras del Sena y a su mercado de objetos antiguos. Lo anduvimos, nadando de tenderete en tenderete, en dirección a Notre Dame. Si bien el camino nos llevaba en línea recta a nuestro objetivo (como de los Campos al Louvre), Iria y Pan se detenían cada doce metros para consultar el mapa. Aquello nos permitía atosigar a los tenderos con nuestra curiosidad y no retrasó mucho el paseo. Llegados por fin a la isla donde se asienta la catedral la decepción volvió a abatirme. Aquello no era el monumental emblema gótico que los cuentos, las imágenes y los recuerdos  de otros viajeros habían dibujado. No había majestuosidad, no había recuerdos. Vi piedras sobre piedras, con los clásicos sobre y bajorrelieves que sorprenden la primera vez que los descubres pero no cuando ya has visto medio centenar de catedrales más hermosas. Escupí sobre unos turistas y entramos. Dentro hubo poco que me cautivara y con ebrio desprecio salí de ahí.

Comimos creps y bocatas al lado de la catedral, sin dignarle una mirada o un comentario pues toda nuestra conversación de sobremesa se dedicó a la comida y a los dulces.

La siguiente etapa nos llevó a la plaza de la Bastilla, donde por tercera vez la decepción nos recibió con una plaza donde no había bares, no había espacio que no estuviera en obras y no había Bastilla. “Por supuesto” me comentaría Eliphás más tarde “fue destruida” y no se si creerle o pensar que nos equivocamos. Desandando el camino, enfilamos el Boulevard o Rue o Vie Saint Germain. Mi objetivo era llegar al café Les Roix Maggots, lugar del que había descubierto fue el centro de operaciones de los surrealistas en la ciudad. Emprendiendo la ruta como una cruzada nos abrimos paso a codazos entre la muchedumbre, dejamos atrás la Sorbona como quien se esconde y encontramos la plaza donde debía estar el café. Pero de café secreto y bohemio nada: Les Roix Maggots era un amplio restaurante que ocupaba una de las esquinas más amplias y caras de esa ciudad de farsantes. Estaba tomado por familias con niños como orcos, que saltaban y gruñían consignas a los disoes oscuros de la infancia. Algunas mujeres de sesenta años, vestidas como señoras de cuarenta, intentaban aparentar los veinte con la esperanza de creer que no se estaban oxidando con el devenir de los días y su próxima y afortunada muerte. Todas sentadas tenían la arrogante mirada perdida, con el ceño fruncido y los labios apretados en un rictus de severa indignación, todas marquesas de lo burdo y lo indefendible.

Ansié, como nunca, un arma de fuego.

Amoratado tras tantos varapalos anímicos, la noche se cernía sobre nosotros y tomamos el tren para acercarnos a la Tour Eiffel. Tras perdernos e ir en dirección a los suburbios incendiarios, alcanzamos el monumento que algunos aman sin razón y otros odian por moda. Al pie de la mole no pude por menos de sonreír: era tal como la imaginaba, tal como la había soñado en mis conquistas. Miles de personas se fotografiaban y reían y besaban y se desnudaban a sus pies, acariciando su frío acero con sus cuerpos libidonosos, adorando el emblema de lo moderno con casi cien años de retraso.

Nos fuimos con la música a otra parte e intentamos acceder a aquel concierto que nos fue vedado la noche anterior. Con éxito, entramos en el local y tomamos asiento. Tres músicos al contrabajo, piano y saxofón. Tres horas de larga improvisación por delante. Tres genios. Muchas tríadas para una sola palabra: fantástico. Cautivado, me dejé ir de un lado a otro en mis pensamientos. “No ha estado tan mal el día: esto lo salva con creces” meditaba con algo parecido a la alegría asomando a mis labios. Entonces Iria cayó dormida y Pan también.

“¿Queréis iros al hotel a dormir? Si no os gusta no tenéis que quedaros por nosotros.” les dije.

“No no” bostezaron ellos “si está muy bien, tenemos que estar juntos.” Y siguieron durmiendo. Poco después cayeron Helarte y Rune. Sus ronquidos hicieron los coros a un solo del saxofón. Quedó muy bien.

Cuando se produjo la segunda pausa se despertaron y me miraron suplicantes. Sentía que tenía energías enfermas suficientes como para pasar la noche en vela, sobrevivir a esa pequeña última locura, a esa única satisfacción… pero sus ojos decían mucho de sueños y camas abismales, de una madrugada hostil que nos esperaba y de un viaje duro.

Finalmente derrotados por París, renqueando, regresamos al oscuro agujero del culo donde teníamos nuestras habitaciones y nos dispusimos a dormir tres cortas horas, maldiciendo varias áreas del conocimiento humano que ahora no recuerdo y no rememoraré.

IV. París no era una fiesta

November 15, 2007

  Sin muchos miramientos Helarte me zarandeó y me tiró al suelo. Él y Rune se rieron viéndome conmocionado por la caída desde la cama A mi no me hacía tanta gracia. Me levanté irritado pensando en vengarme cuando Helarte se defendió.”Acabamos de llegar” rebuznó “no te pondrás a dormir la siesta ahora.”

Tenía razón. Ahí afuera aguardaba la bruma, lo desconocido. Rebotamos por el pasillo, chocando con puertas y paredes. Sabíamos que la pequeña cerradura de nuestro cuarto no detendría a los posibles ladrones, a cualquiera que pensara en patear la madera hasta quebrar los goznes. Pero éramos felices, resignados a nuestra estupidez, contentos de poder saltar y chillar sin respetar los ciento quince carteles que exigían silencio en el albergue. Reunidos los cinco, conseguimos mapas gratuitos en la recepción antes de penetrar la sólida pared de frío y tomar la calle.

Buscamos rápidamente un lugar donde comer. Discutimos brevemente que nuestra primera comida en la ciudad tenía que ser elegante y abundante, para conmemorar la aventura. Satisfechos, entramos en el primer bar mugriento que encontramos y escogimos selectos panes de pita embadurnado con los aceites más gastados y las cucarachas más crujientes.

Mientras masticábamos y la grasa rociaba nuestras mejillas y mofletes, extendimos los tres mapas en un hábil juego de espacios sobre la mesa. Dibujamos con nuestros bolígrafos cruces y líneas en todo lugar que nos interesara: monumento, calle, local, museo. Finalmente, gran parte del mapa quedó cubierto por signos obscenos, esvásticas, laberintos incomprensibles y anotaciones cuneiformes. Viendo aquel panorama de tintas azules no entendíamos qué queríamos y arrojamos los mapas, sacando el de repuesto.

Analizamos fríamente. Apenas teníamos una tarde y un día para explorar. No podríamos hacerlo todo. Era indispensable vivir París, entender París, morder París. La ciudad no era los cuadros del Louvre. No era la visita guiada a Notre Dâme. No. París era pasear por las calles, entrar en los cafés, escupir en el Sena, chocar contra las esquinas de Montmartre, patear a los vagabundos franceses. Teníamos poco tiempo y había que bucear. Había que ver, sentir, oir y tocar. Lo tuvimos claro: el sábado lo dedicaríamos a caminar todo lo posible en busca de objetivos prometedores. Ese viernes por la tarde (ya casi de noche) lo malgastaríamos en Montmartre. Después de cenar, por insistencia mía y de Helarte, iríamos a un concierto de Jazz en vivo.

Satisfechos con el plan pagamos nuestras comidas. Fue entonces cuando descubrí que mis compañeros o bien no sabían francés o bien no pensaban hablarlo. Aquella fue la primera de muchas veces en las que se me nombró interprete del grupo y hablé en nombre de todos, chapurreando en francés, alemán e inglés lo poco que se de cada idioma. 

Resuelto este pequeño percance tomamos el metro y volvimos a perdernos. Con tardanza, pudimos llegar al Sacre Coeur y contemplar el horizonte nocturno de la ciudad. Sobrecogidos, suspiramos muy poco y rodeamos la iglesia. Descendimos sin rumbo en busca de otra boca de metro mientras Montmartre quedaba demasiado atrás. Preguntando en mi improvisado idioma europeo conseguí que varios ciudadanos me dieran noventa y cinco indicaciones diferentes para ir en la misma dirección. No es de extrañar entonces que cenáramos tarde y no llegáramos a tiempo para el concierto de jazz.

Volvimos algo apesadumbrados al albergue. Nos animaba haber comprado algunos souvenirs para los amigos lejanos y la promesa de asistir a otro concierto mejor la noche siguiente. Comprobamos felices que nadie había violado la integridad de nuestra puerta de papel y que dentro todo estaba en su sitio: las camas sin hacer, las mochilas reventadas en el suelo, la ropa enganchada en el techo. Pan e Iria se retiraron abrazados a su bunker. Me quedé solo (y aterrorizado) con Helarte y Rune que se quedaron mirando el vacío durante hora y media.

“Deberíamos ducharnos” comentó Rune a las 3 de la mañana.

“Es buena idea” contestó Helarte.

Les miré, pensando que no era una mala opción. Las duchas eran comunitarias. Aunque aún no habíamos visto a ningún otro huésped quizás todos esos fantasmas despertaran ansiosos de agua limpia y que sería bueno ahorrarnos ese problema por la mañana. Recordé que no había traído toalla por aviso de Helarte.

“¿Es cierto que el albergue nos da toallas para las duchas?” le pregunté.

“Sí” me contestó indiferente.

“¿Como lo sabes?”

“No lo se.”

Rune nos miró, aguantándose la risa.

“El albergue no da toallas. No se de donde lo has sacado Helarte. Yo me traído la mía.”

“Entonces no hay problema” repuso él sin descomponerse “nos turnaremos para usar la tuya y ya está.”

El primero en ducharse fue Rune. La toalla era suya y tenía derecho a secarse con ella. Helarte y yo nos castigaríamos con el hielo nocturno y la humedad de la tela. Esperamos en la habitación hablando de la posible sobrepoblación de lápices en lapiceros abandonados. A lo lejos nos pareció oír un grito desgarrador, como de crimen en la rue Morgue o de persona que lee a Coelho. Luego el silencio. Poco después Rune regresó con tez pálida y una sonrisa diabólica.

“La ducha es como una cobra” susurró “es hostil, malvada, cruel. Cuando la enciendes silba como un áspid y escupe el agua con violencia, como odiándote. No hay término medio: o está apagada o intenta matarte. Y además el agua estaba helada.”

Helarte fue detrás. No tardé en oír de nuevo el aullido apagado y muerto, ahogado por las paredes. Aguardé temblando su regreso pero tardaba. Temía su muerte o algo mejor así que fui a buscarlo. Lo encontré vestido y meditabundo: ya había terminado.

“Rune tenía razón” anunció con un hilo de voz “el agua es fría, desalmada. Parece que en toda la piel se te agarran dedos afilados, como si personas que no quisieras ver más te atraparan para siempre y se metieran dentro de ti. Si cierras los ojos crees que sangras por cada poro del cuerpo y ese grito ensordecedor te hace sentir pequeño. Pequeño y frágil.”

Le miré consternado. Me importaba poco lo mal que se sintiera. Me preocupaba lo que me ocurriría a mí y en la toalla que Helarte había descuidado en el suelo, sobre un charco.

“Te lo ruego” me dijo poniéndome las manos sobre los hombros “no te duches.”

No se bien porque decidí no hacerle caso. Me desnudé cuando se marchó. Deposité mi ropa sobre el banco con extremo cariño, como un condenado a muerte que decide homenajear la vida con cada pequeño gesto antes de la suerte final. Me detuve ante la ducha y palpé el agua que caía a chorros de la toalla. Intenté escurrirla y la colgué. Acaricié las paredes de cerámica y las tuberías de aluminio. Pensé en París, ahí fuera, tan hermética y cerrada. El primer día había muerto. Los retrasos y la mala suerte nos habían impedido sentir París, sentir la ciudad, ser la ciudad.

Estaba ahí fuera, al alcance de mis manos si cerraba los ojos. Podía sentirla. Estiré los brazos y me pareció tocar la piedra de una iglesia, el agua del río, la piel de una amante francesa y misteriosa. Creía estar agarrando el mundo entero en aquel momento. Mis manos estaban cerradas sobre la ducha.

No habíamos vivido París.

Tomé aire y me despedí de la vida y de toda esperanza. La ducha silbó y se lanzó como un cazador contra mí. Desapareció el mundo que un instante antes había capturado. Mis venas pulsaron en todo mi cuerpo y la sangre se detuvo. Empecé a llorar y a tiritar y mi mente se desvaneció. Empecé a apagarme y morir

De repente, como un hálito misericordioso, la ducha gorgojeó y empezó a vomitar agua caliente. El calor regresó a mis músculos, a mis extremidades, a mis ojos. Un repentino alivio me embargó. Me rodeó la esperanza y un placer cálido se concentro en mis dientes, en la punta de mis dedos. La vida regresaba en una segunda oportunidad.

“¡Mañana será un gran día!” pensé jubiloso.

Entonces la ducha relinchó de nuevo y empezó a escupir agua hirviendo quemándome la piel en abrasadoras tiras. En la noche resonó un tercer grito, mezcla de frenética alegría y dolorosa agonía.

III. París era una mierda

November 15, 2007

  

Un chistoso despertador sonó a las dos y media de la madrugada. Fruncí el ceño. Tanteé a manotazos la mesilla de noche. Aparté la lámpara y la minicadena, tirándolas ruidosamente al suelo. El pitido incesante continuaba. ¿Por qué habría nadie puesto la alarma a esa hora inexistente? Mis dedos estrangularon el pequeño reloj blanco y lo enmudecieron. Mis ojos se entreabrieron para calcular cuantas horas de sueño me quedaban antes de levantarme para ir a la universidad. Oculta entre las sombras, apenas un contorno, detrás del despertador vi una maleta.

No iba a la universidad aquel viernes. Me iba de viaje. Y esa hora inexistente era la hora de mi despertar.

Helarte y su habitual ceguera estratégica aparecieron de nuevo. Primero habíamos decidido ir juntos al aeropuerto cogiendo un autobús en Barcelona. Luego él descartó la idea pues lo llevarían en coche. Interrumpiendo mi sueño, llamó esa misma noche para cambiar nuevamente de idea e invitarme a su casa (que no está precisamente más próxima de la mía que Helsinki) para ir en automóvil con él. Por último, mientras luchaba somnoliento con un jersey que no me dejaba respirar, llamó para decirme que iría en coche a Barcelona y vendría en autobús conmigo. “Tanto devaneo para hacer lo que ya estaba planeado. Este va a ser un buen viaje” pensé rompiendo el jersey en mil pedazos al asomar mi cabeza por el orificio que no era.

En la estación de autobús encontré a Helarte y Rune, su fiel amigo. Le pregunté que estaba haciendo él aquí y Helarte me dijo que también venía con nosotros. No me lo había advertido pero no era mala noticia: Rune se me antojaba buen compañero de fatigas en una odisea así. Le pregunté a Helarte si venía alguien más y me contestó que no, que tan sólo la novia de Pan y el novio de la novia de Pan; pero que ellos irían en coche. Mientras escuchaba y me preguntaba porque demonios no habríamos ido todos en el coche de Pan, Rune gimió. “¿Puede haber algo más triste? Que indigno” clamaba mientras rebuscaba en su mochila “Mi madre me ha puesto galletas de chocolate. ¿Qué hay más vergonzoso para un viajero que se precie de serlo que llevar dulces en la mochila?”.

Dejé que Helarte y Rune se sentaran en un banco y discutieran sobre qué dulces era lícito llevar de viaje y cuales no. Uno de ellos citaba a Hoffmanstall y un airado discurso que profirió contra las chocolatinas. Yo decidí explorar la estación de autobuses en busca de la taquilla de billetes. Me acerque a dos hombres con aspecto peligroso, de anciano y aburrido funcionario estatal. Con raro valor me aventuré a preguntarle al bajito por el autobús del aeropuerto. Me miró divertido y golpeó al vehículo que tenía a su lado. “Este es” me dijo. Quise saber donde vendían los billetes. Él hizo un gesto vago a la estación “Ahí dentro, pero ahora está cerrada”. Se dio la vuelta para hablar con su compañero alto pero le interrumpí para saber cuando abrirían. “Pues no lo se” contestó feliz “pero no pasa nada: si no se venden los billetes, no se va el autobús”.

Regresé junto a mis compañeros, tambaleándome por la filosofía mediterránea del trabajo que tanto me afecta. Estaba bien que el autobús se fuera cuando les viniera en gana a ellos y no al horario. Me preguntaba si a los pilotos del avión también les gustaba ese protocolo.

El aeropuerto de Girona es triste como todos los aeropuertos. Un sinfín de pasajeros olvidados vagabundeaba por la terminal, durmiendo o robando algo de comida en las mesas de las cafeterías. Largas colas se dirigían a mostradores vacíos y cada mostrador ocupado por una azafata relumbraba con el cartel de “mostrador cerrado”. No se bien porqué en aquel instante sentí la necesidad de empezar a gritar y a disparar indiscriminadamente.

Encontramos a Pan y a Iria que llegaron poco después de nosotros. Conseguidos los billetes y cumplido el requisito de un rico, abundante, delicioso y caro desayuno, optamos por atravesar los controles y vivir la espera. Mientras jugábamos a cartas íbamos oyendo como el altavoz cantaba los retrasos. “A los idiotas del vuelo a Milán… ¿hace mucho que esperáis? Pues vais a esperar tres horas más.” A nosotros también nos tocó la lotería de los retrasos y salimos un par de horas más tarde de lo planeado.

El vuelo careció de interés (a excepción de la pelea a cuchillo entre Helarte, Rune y yo para quedarse con el asiento de ventanilla). En un determinado momento una azafata apresurada y nerviosa se dirigió al pasaje y nos informó que el piloto hacía mucho que no realizaba caída en picado y le apetecía mucho ver si seguía en forma. Nos abrochamos los cinturones y empezó el vaivén. Media docena de muertos después aterrizamos sin que pudiéramos ver París desde el avión.

“Querido imbéciles” tronó la voz borracha del copiloto “ha pasado algo en el aeropuerto de Beauvais, de París. No me gusta como se escribe y no se pronunciarlo. Así que hemos venido a Lille. Que lo disfrutéis, gilipollas.”

La hora de viaje planeada en autocar de Beauvais a París se convirtió en cuatro desde Lille.

Y así íbamos sumando tiempo perdido, como un Swann cualquiera.

Por fin alcanzamos la ciudad prometida. Reconozco que inicialmente mi opinión de aquel sitio en el que nunca antes había estado era negativa. Pero, a medida que atravesábamos sus calles, reconocía poco a poco cierto encanto en aquel lugar. Nos detuvimos en un aparcamiento delante del palacio de Congresos y el chófer nos echó a patadas del vehículo. Vagamos en busca de la entrada del metro y yo empecé a lamentar no tener un mapa. Encontrada por fin una entrada a las entrañas subterráneas, los demás empezaron a discutir sobre que billetes comprar mientras yo me desesperaba ante un mapa desproporcionado de París para saber donde estábamos y a donde teníamos que ir.

Dentro del metro todo era caótico: los pasillos y los cruces se sucedían, las escaleras que bajaban subían y así continuamente. Los parisinos se enfrentaban a aquel laberinto con la calma de lo cotidiano mientras que nosotros temíamos encontrarnos a algún minotauro que viviese en las esquinas. Nos costó bastante descubrir cual era nuestra línea correspondiente y llegar por fin a nuestra parada: Clichy, a las afueras, comúnmente conocido como “a tomar por culo” del centro.

Nuestra residencia era un albergue juvenil que crecía como un tumor dentro de un enorme y masoquista amasijo de cemento que intentaba ser unos apartamentos. Dimos nuestros datos y nos premiaron con las llaves de dos habitaciones. Se nos advirtió que el desayuno era gratuito, el lavabo comunitario y las 11 de la noche la hora definitiva para dejar de hacer ruido. No vimos inquilinos en aquel albergue fantasma y creímos ser los únicos. Avanzamos por el pasillo y comprobamos que las puertas de madera carcomida se abrirían fácilmente con una patada. Las habitaciones eran lóbregas.

Miento. Eran tercermundistas. Las paredes no contaban con el mínimo cuadro barato decorativo. No había muebles: tan sólo dos literas con colchones gastados, una pica para lavarse las manos y un agujero en la pared que hacia las veces de armario. La ventana daba una espeluznante vista de unos tejados y unos patios interiores cargados de inmundicia y cadáveres suicidas.

Me tumbé en la cama. Aquello daba igual. Era París. Lo que había que ver estaba fuera, más allá de aquel horizonte de tejados y al alcance de nuestras manos, rincones mágicos que no podíamos imaginar. Lo que no fueran esas maravillas no importaba. Aquella habitación desaparecería en cuanto cerrásemos los ojos.

Los cerré y en mi retina sólo quedó París.